Las relaciones conforman una parte esencial del sentido que el ser humano le da a su propia existencia. Es difícil imaginar una vida carente de cualquier tipo de relación. La percepción del mundo y la del propio individuo pasa inevitablemente por el filtro de la interacción que se mantiene con los demás. Eso no significa que la soledad también pueda constituirse como una alternativa tan deseada como deseable, pero nunca de un modo excluyente, sino complementario. La asertividad y una adecuada inteligencia emocional son el camino hacia el éxito.

Relaciones asertivas

Es evidente que la necesidad de relacionarse es vital y que su ausencia hay que encuadrarla dentro del campo de las patologías, pero como ocurre en todos los aspectos de la personalidad, las relaciones se deben hallar sujetas a una correcta evolución, lo que depende en gran medida de las experiencia y, sobre todo, del aprendizaje que se inicia desde la más temprana infancia.

La educación recibida por los padres, el entorno general o elementos tan desestabilizadores como algunos hechos traumáticos, acaban teniendo una gran influencia en las habilidades sociales del individuo y en su capacidad asertiva a la hora de afrontar las relaciones.

Problemas para relacionarse: habilidades sociales

Los problemas para relacionarse no son una cuestión que surja de repente. Como ya se ha apuntado antes, se arrastran desde mucho tiempo atrás, casi siempre desde la infancia. Ante situaciones de gran complejidad e irresolubles para un menor, aparece la tendencia natural a depositar la posible solución en manos de los padres. Sin embargo, estos no siempre perciben el problema ni la magnitud del mismo, por lo que no dan la respuesta adecuada.

Cuando hay un hecho traumático de por medio, el problema crece exponencialmente. La relación, a los ojos del niño, no cumple las expectativas previstas, lo que genera desconcierto, desvalimiento, sensación de abandono y, en definitiva, una idea distorsionada a la hora de interpretar las relaciones y lo que se obtiene de ellas. En la edad adulta, las nuevas relaciones se convertirán en un receptáculo donde depositar los antiguos problemas no resueltos. En este escenario donde las habilidades sociales no se han desarrollado adecuadamente, los conflictos siempre estarán presentes, y muy especialmente en las relaciones de pareja.

Relaciones dependientes y codependientes: inteligencia emocional

La dependencia es una de las respuestas más habituales en las personas incapaces de enfrentarse eficazmente a los problemas cotidianos que presenta la vida. Los conflictos no resueltos se habrán convertido en un lastre demasiado pesado, cuya afectación se traslada a todos los ámbitos de la personalidad del individuo dependiente; una persona que al final siempre termina buscando el perfil de quien pueda hacerse cargo de su vida.

Cabe señalar, también, la existencia de otro perfil cuya máxima, precisamente, consiste en tratar de arreglar los problemas de los demás. Se trata del codependiente. No hay que confundirlo, por su actitud, con el altruismo. El codependiente, en el fondo, manifiesta una actitud de evitación más que de ayuda desinteresada. Es decir, su distorsionada inteligencia emocional se centra en solucionar los problemas de los demás, lo que indica una evidente incapacidad para solucionar los propios.

Experiencias traumáticas en las relaciones

Si hubiera que destacar alguna circunstancia que afecta gravemente la capacidad para relacionarse de una manera sana y enriquecedora, habría que buscarla en las experiencias traumáticas vividas durante la infancia, como pueden ser el abandono, la negligencia física o emocional, los malos tratos o el abuso sexual. El conflicto relacional con la familia, en estos casos, es inevitable y exponencialmente perturbador cuanto mayor es el grado de parentesco con el familiar o familiares generadores del conflicto. En este contexto, la familia deja de ser vista como un ente protector. La confusión y el miedo desvirtúan cualquier concepción de lo que debe ser una relación y lo que debe aportar, y aunque el menor trate de “normalizar” la experiencia traumática e incorporarla a su vida, eso ocurre por una mera cuestión de supervivencia, sin ser garantía alguna de resolución del conflicto.

Recuperar la auténtica normalidad, en el futuro, requerirá una adecuada y objetiva comprensión y aceptación del problema y una ayuda exterior especializada.

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