A la hora de preparar una presentación, exposición, conferencia o cualquier alocución pública, enseguida se plantea la ejecución, el desarrollo, los gestos que corresponde efectuar, el vocabulario a emplear…, es decir, todo aquello necesario para hacerlo bien. En esa tensión, se corre el riesgo de oscurecer un requisito imprescindible en el buen hacer de un orador: cultivar el silencio.

Operaciones preparatorias

Los antiguos oradores hablaban de dos operaciones mentales previas a la elaboración del discurso que consistían en entender la cuestión de la que se iba a hablar y encontrar los materiales a emplear en esa exposición, los argumentos, los ejemplos, los signos que se pueden utilizar. Esas operaciones se denominan intellectio e inventio respectivamente.

El silencio

En el silencio, en la vuelta hacia el propio interior se halla el fondo desde el que partir para encontrar lo que nos rodea. Al indagar en la historia y desarrollo de cualquier tipo de obra de arte, o descubrimiento científico o avance tecnológico, se descubre que antes le precedió un tiempo silencioso de estudio, entrenamiento, preparación e, incluso, de silencio meditativo.

Y, sin embargo, ocurre que a veces resulta difícil no sólo estar en silencio, sino también encontrarlo. Incluso yendo a lugares muy alejados, se suele escuchar de fondo un rumor de la autovía que se encuentra a kilómetros de distancia o de aviones que cruzan el cielo. Aún así, el más difícil de acallar es el rumor interno que nos impulsa a no escuchar con atención la propia capacidad. La actividad frenética domina el mundo, también el de las ideas.

Método de pensar

Es posible un sencillo método para ejercitar la contemplación antes de comenzar a escribir, es decir, la capacidad de estar en silencio consigo mismo. No hace falta irse al desierto, pero sí un lugar tranquilo, sólo un lugar tranquilo y la intención de habitar en el silencio y conseguir sus frutos. Incluso la música estorba. La música requiere atención para poderla apreciar, en caso contrario es ruido, algo con qué llenar el miedo al silencio.

Este método requiere cuatro pasos que se fundamentan en algo tan sencillo como pararnos a pensar antes que ponernos en movimiento. Las palabras se nutren del fondo nutricio del pensamiento, la memoria, la experiencia. Desde ahí tienen que brotar para hacerlo con fuerza y dirigirse precisas hacia su objetivo.

Pasos del método

  1. Pensar. Se trata de dedicar unos momentos a estar quieto y callado concentrado en el asunto del que tenemos que hablar. Quizá la primera intención sea la de empezar a coleccionar notas o información. Pensar detenidamente es el primer paso para conseguir alguna idea interesante.
  2. Dejar fluir emociones y pensamientos. Emociones, sentimientos, voluntad se anudan con nuestros pensamientos más racionales, sólo con una cierta violencia conseguimos separarlos. Pero en un discurso también deben aparecer, con el debido control.
  3. Consultar con lo que sabemos, con la propia experiencia o la de otros. A veces se trata de leer, otra manera de dialogar con alguien que dejó sus reflexiones. Todavía no es el momento de consultar literatura técnica sobre el asunto ni de hacer acopio de datos.
  4. Escribir. Este es el momento de poner en juego las operaciones precisas para redactar. Pero en este primer momento se trata de escribir sin más lo que llega a la mente. Más adelante comenzaremos a ordenar el discurso con esas operaciones denominadas inventio y dispositio.