El reciente derrumbe de parte de la "Casa de los Gladiadores" en la ciudad sepultada en el 79 de nuestra era por una erupción del Vesubio, ha hecho saltar las voces críticas en Italia y en la UNESCO sobre la conservación de este patrimonio de la humanidad. Durante años ha sido piedra de toque de las oposiciones políticas al gobierno de Berlusconi y ahora sirve para constatar que en época de vacas flacas, el patrimonio cultural es uno de los más afectados por los recortes presupuestarios.

El ministro italiano de cultura pide que no se haga alarmismos innecesarios con unos derrumbes provocados, simplemente, por las intensas lluvias que están cayendo estos días sobre la península itálica. Sin embargo, el deterioro de los restos arqueológicos era ya denunciado desde hace años no sólo por la oposición política, sino por técnicos de la ONU, expertos en la valoración del patrimonio arqueológico mundial.

Carlos III, rey de España, primer arqueólogo de Pompeya

El que luego reinaría en España en el siglo XVIII como Carlos III, fue antes rey de Nápoles y primer promotor de las excavaciones en la ciudad del monte Vesubio. Nacía una disciplina, la arqueología, como ciencia histórica para el deleite de cortes europeas y para suministro de piezas artísticas a las galerías e incipientes museos que se iban inaugurando en toda Europa, muy del gusto de la cada vez más protagonista clase social, la burguesía.

Desde los inicios de las excavaciones, en el siglo XVIII, los restos de Pompeya se han visto expuestos a la acción de la climatología y, peor aún muchas veces, a la actividad humana en su entorno. El debate sobre su conservación se inicia ya en la misma corte de Carlos III en Nápoles, porque se comprobó con asombro que las casas desenterradas se deshacían igual que terrones de azúcar en agua en cuanto se exponían al aire napolitano, y eso que el aire de hace trescientos años no era el contaminado que respiramos hoy.

Pompeya, al sol y al aire de la bahía de Nápoles

La explicación era que la tierra volcánica, las cenizas, servían de escudo protector de esas pinturas, estucos y frescos que aparecían en las casas pompeyanas ante los maravillados ojos neoclásicos. Ellos mismos se dieron cuenta y Carlos III mandó, una vez copiados o arrancados los correspondientes frescos, volver a cubrir de tierra cenicienta muchas de las casas excavadas.

El debate de intereses sobre el mantenimiento en buen estado de esta joya arqueológica viene, pues, de antaño. Son muchas las universidades e instituciones de todo el mundo las que colaboran en la conservación de estas ruinas excepcionales. Aún así toda la ayuda se queda corta. Contando con los presupuestos y los equipos actuales de especialistas, se ha calculado que para acometer la restauración y mejora de los restos pompeyanos, evitando su destrucción definitiva, se necesitarían más de 50 años de trabajos continuados.

El elevado coste de mantener el tesoro de Pompeya

Algunas voces entendidas piden que no se siga excavando, que aunque descansen bajo las cenizas maravillosos tesoros aún, es mejor mantenerlos en sus criptas protectoras para avanzar en la técnicas de conservación y restauración. El coste financiero y humano de la preservación arqueológica es muchas veces imposible de asumir para cualquier estado desarrollado y no digamos para los países menos ricos. No obstante la humanidad ha adquirido un compromiso con su legado, y más cuando se trata de restos arqueológicos multitudinariamente visitados.

Ese argumento del legado histórico es el más empleado por los trabajadores que se afanan en mantener esa maravilla arqueológica y atracción turística. Por lo que son los primeros en reclamar, según entrevistas recientes -tras los derrumbes de noviembre-, un incremento en el presupuesto, en lugar del esperado recorte de financiación, en la línea de las políticas económicas contra el déficit público que se están aprobando en los gobiernos ante la crisis económica mundial.