Últimamente la gran factoría de películas que es Hollywood no acostumbra a ofrecer cine de calidad, arriesgado y fuera de los clichés establecidos, pero de vez en cuando algún director se despista, se sale de lo convencional y nos muestra una gran película. Cisne Negro es un excelente ejemplo de ello por varias razones:

Guión sin fisuras

Los ingredientes de la película son conocidos: una compañía de ballet donde crecen las envidias y ambiciones entre las bailarinas; un director, Thomas Leroy (Vincent Cassel) exigente y duro que quiere hacer una revisión novedosa del gran clásico “el lago de los cisnes”; y una estrella, Nina (Natalie Portman), que no puede desaprovechar la oportunidad y lucha hasta el límite por conseguirlo. A priori puede parecer la clásica película de superación, de la dificultad que supone estar en la élite y de autorrealización con moralina que cada poco inundan las pantallas de cine, pero nada más lejos de la realidad. Lo interesante de la historia es que la nueva versión propuesta por el director de la compañía es en realidad el argumento principal de la película, es decir, la unión de Odette y Odile (cisne blanco y cisne negro respectivamente) en el mismo personaje, tanto en la interpretación de la obra de Tchaikovsky como en el personaje principal de la película, genialmente interpretado por la actriz israelí, que debe superar sus miedos, abandonar su pasado y forzar su cuerpo al máximo para poder encarnar al temido cisne negro.

La peculiar y angustiosa manera de rodar de Aronofsky

Esta habilidad de Darren Aronofsky con la cámara, ya demostrada en sus anteriores películas y llevada al extremo en Requiem for a Dream, hace que el espectador se involucre emocionalmente con el personaje principal (en las películas de Aronofsky suele haber un personaje sobre el que se centra la historia y sobre el que gira la cámara). La cámara, con el uso de angulares y posiciones subjetivas consigue que el espectador vea y sienta lo que siente el personaje principal, en este caso una bailarina de ballet. Aronofsky consigue así una película arriesgada, más cercana al thiller que a la clásica película americana de superación, y convierte la idea que subyace en el film (más vale arriesgarse que la perfección) en el leitmotiv de sus rodajes.

Interpretación de Portman

Mención aparte merece la estelar interpretación de Natalie Portman. La actriz, que abandonó el ballet para poder dedicarse plenamente a la interpretación, borda el papel de Nina tanto en su versión de Odette, frágil y sobreprotegida por su madre, como en la de Odile, obsesiva y seductora. Entre medias, el espectador sufre con la protagonista un trepidante juego de desdoblamiento mental, genialmente conducido por el director.

Conclusión

Una película excelente, donde crítica y público se ponen de acuerdo, con elementos más que suficientes para tener al espectador enganchado durante todo el largometraje y con un final trepidante en el que cuesta distinguir la realidad de la paranoia, pero que dejará sin aliento a más de uno.

Tras una carrera casi impoluta del director, en la que siempre ofrece una alternativa al cine convencional, esta película le corona entre los grandes directores del celuloide actual.