La guerra parece ser una realidad indisolublemente ligada a la naturaleza humana. Ya desde los inicios de la historia, e incluso desde la prehistoria, con el hacha de sílex, el ser humano no ha cesado en su afán por descubrir nuevas armas, cada vez más mortíferas, bajo el pretexto de protegerse o de garantizar la paz. Hoy en día, gracias a los avances que se han llevado a cabo en el campo de la ingeniería genética, en muchos laboratorios militares secretos se van gestando nuevas generaciones de armas biológicas que serían la envidia de los grandes creadores de ciencia ficción.

Armas biológicas en la historia

Las armas biológicas no constituyen ninguna novedad; sí lo son, no obstante, la evolución que han experimentado tanto en su número, como en su terrorífico poder destructivo. Desde la antigüedad los militares hicieron uso de ellas. Los ejércitos romanos, por ejemplo, solían envenenar las fuentes de agua potable que abastecían las ciudades asediadas. En los siglos XVIII y XIX, de un modo más o menos voluntario, los colonos europeos acabaron con poblaciones enteras de nativos al introducir enfermedades como la sífilis, la gripe o la viruela. Durante la Primera Guerra Mundial se utilizaron masivamente armas químicas. En la Segunda Guerra Mundial también hubo algún intento de utilización de armas biológicas, como el experimento del ejército británico al lanzar bacilos de ántrax sobre una isla desierta. Los japoneses, durante ese mismo periodo, bombardearon once ciudades chinas con bombas que contenían material contaminado por peste y tifus. En esa ocasión nunca llegó a evaluarse la cifra de bajas.

Diferencia entre armas químicas y biológicas

En las armas químicas se utilizan las propiedades tóxicas de ciertas sustancias químicas para producir bajas o incapacidad en el supuesto bando enemigo. Se difierencian de las armas convencionales en que su poder destructivo no se basa en la fuerza explosiva, de igual modo que también hay que diferenciarlas de las armas biológicas, ya que estás hacen uso de organismos vivos, como los virus o las bacterias, o bien sus toxinas.

Convención sobre Armas biológicas

En la década de los 50 y los 60 proliferaron los laboratorios asociados a la investigación sobre armamento biológico. Fiel paradigma de esta nueva realidad fue el complejo de laboratorios militares conocido como Fuerte Detrick, donde llegaron a trabajar un millar de científicos. En 1970 Nixon, probablemente más motivado por los altos costos que por un ideal altruista, declaraba que iba a renunciar al desarrollo de armas biológicas con fines ofensivos. En 1972, Londres y Moscú se adherían y, con Washington, firmaban el Acuerdo Internacional sobre Armas Biológicas, donde se prohibía el desarrollo, fabricación y almacenamiento de dichas armas con fines bélicos. A día de hoy son más de 140 estados los que han firmado el acuerdo y, con ello, la amenaza de una futura guerra biológica parecía formar parte del pasado. Pero solo lo parecía.

Ingeniería genética y armas biológicas

Tan solo había transcurrido un año de la firma del acuerdo cuando nuevos descubrimientos darían un giro inesperado al sombrío mundo de las armas biológicas. Los biólogos Stanley Cohen y Herbert Boyer, en 1973, transfirieron por vez primera genes ajenos al material hereditario de determinadas bacterias. Este descubrimiento posibilitaba la fácil obtención de microorganismos patógenos en grandes cantidades, minimizando en gran medida el costo, así como el peligro respecto de su manipulación. A partir de aquel momento, el armamento biológico podía ser diseñado y adaptado a las necesidades militares. Las inversiones del Pentágono en esta nueva línea de investigación se incrementaron exponencialmente, lo que no auguraba nada bueno. Fuerte Detrick recuperó su antiguo esplendor y nuevos científicos estudian bacterias del axtrax, botulismo, peste, tifus y otras tantas clases de toxinas. La ambigüedad del acuerdo del 72 permite la producción de determinadas armas biológicas, pero con fines defensivos.

Bioterrorismo

La evolución de las armas biológicas ha dado lugar a un nuevo concepto, cada vez más en boga: el bioterrorismo. La finalidad del bioterrorismo consiste en crear un estado de pánico generalizado en la población, con la consiguiente desestabilización de la economía y la autoridad. La amenaza de un ataque bioterrorista, con la pavorosa sombra de la enfermedad y la muerte, inciden directamente en el equilibrio psicológico y emocional de la población, predisponiéndolos, por la acción del miedo, a la sumisión. Los argumentos del bioterrorismo, en definitiva, residen en la mortandad indiscriminada y la ausencia absoluta de control respecto de los agentes biológicos. Es la angustia y la desesperación en una lucha infructuosa contra un enemigo invisible que puede atacar en cualquier sitio y en cualquier momento.