La vieja escuela suponía que el alumno tenía que “aprender” lo que el maestro le enseñaba. En la práctica significaba que el estudiante debía sólo repetir la lección. No se permitía el libre pensamiento ni la exploración. El pupilo era un ser pasivo que solo recibía información sin derecho a análisis crítico, reflexión, disensión ni creación.

La escuela contemporánea ha cambiado dicho enfoque con un modelo donde el alumno participa activamente en el proceso de aprendizaje. Actualmente es inaceptable un paradigma donde el estudiante es un ente pasivo.

Pedro Rosales (2005), define el “aprender a aprender” como el “dotar al alumno de herramientas para aprender y de este modo desarrollar su potencial de aprendizaje”.

Estrategias

Las estrategias del modelo apuntan a ayudar al alumno a descubrir sus habilidades personales, darle herramientas para desarrollarlas, y colaborar para que desarrolle todo su potencial de aprendizaje.

Un elemento básico es la metacognición, en otras palabras, el conocimiento de sí mismo. El individuo, con guía y facilitación, tiene que aprender a entender sus propios procesos mentales y psicológicos, para comprender cómo aprende. Para que esto se logre un discurso no sirve, sino la participación activa en procesos donde se guíe al estudiante para que reconozca sus propias capacidades. La filosofía subyacente a este modelo supone que no será posible un buen desarrollo sin saber desde dónde se parte.

El objetivo fundamental, la estrategia básica, es enseñar a pensar. No solo que el alumno reciba información sino que sea capaz de analizarla, procesarla y criticarla. Un estudiante que solo recibe y no tiene oportunidad para la crítica, el análisis y la disensión, simplemente, se torna en un ente pasivo sin capacidad de desarrollar conocimiento.

En este modelo es fundamental entender el concepto de inteligencia. Muchos docentes se han quedado con el paradigma de la inteligencia medida en términos estadísticos, el famoso y obsoleto CI (coeficiente intelectual). Howard Gadner, profesor de la Universidad de Harvard, junto a su equipo desarrollaron lo que denominaron “inteligencias múltiples”. Cada individuo tiene un área de desarrollo inteligente que debe ser descubierto para que logre su mayor potencial, en otras palabras, cada persona tiende diferentes formas de aprender.

Aprender a aprender

Enseñar pasivamente, teniendo a un estudiante que solo recibe información sin hacer nada, genera un alumno inepto para desarrollar su propio aprendizaje. El modelo actual considera que el principal aprendizaje es “aprender a aprender”. Dar las herramientas para que los estudiantes sean los generadores de conocimiento, y no solo entes pasivos.

Aprender a aprender exige que los docentes que colaboran con la educación enseñen formas adecuadas para que el estudiante se haga cargo de su formación. El docente es el facilitador, el que comunica y muestra las mejores formas del desarrollo del aprendizaje.

J. L. Pozo y C. Monereo en su libro El aprendizaje estratégico (Madrid: Aula XXI Santillana, 2000), sostienen que “una de las funciones de la educación futura debe ser promover la capacidad de los alumnos a gestionar sus propios aprendizajes, adoptar una autonomía creciente en su carrera académica y disponer de herramientas intelectuales y sociales que les permitan un aprendizaje continuo a lo largo de toda su vida”.

En la era de la híper información

Vivimos una sociedad híper informada, donde hay tanto conocimiento acumulado que de pronto el estudiante y aun los docentes, no saben qué información entregar ante la gama enorme de posibilidades que existen.

El desafío más apremiante para la educación actual es otorgar herramientas a los estudiantes que les permita una adecuada adaptación a la complejidad del mundo, la rapidez de los cambios e incluso, facilidad para adecuarse a lo imprevisible. En este contexto contar con la información adecuada es una necesidad prioritaria.

Esto hace más necesario el aprender a aprender, puesto que ante tanto conocimiento acumulado es preciso saber organizar la información, entender cómo seleccionar lo más importante, y lo que es más crucial, comprender cómo utilizar dicho conocimiento e incorporarlo no sólo a la vida personal, sino a los ámbitos profesionales correspondientes.

Cuando no hay un buen aprendizaje toda información aparece como si fuera del mismo valor. En la era de Internet, hay mucha más falsedad que verdad circulando, por lo tanto, es preciso generar recursos que permitan a los estudiantes discriminar y valorar la información. Eso no se consigue con alumnos pasivos, sino activos y ocupados en su propia formación.

Conclusión

Se necesitan docentes que vivan un nuevo paradigma. Que dejen a un lado la estrategia del profesor-sabio, el que da conferencias y los alumnos sólo escuchan. Es preciso un profesional que entienda que su labor fundamental es facilitar las herramientas para que los estudiantes sean actores de su aprendizaje y no meros espectadores. Ese es el mayor desafío, formar un nuevo perfil de docentes.