La pérdida de un hijo es devastadora para los padres, sin embargo, es preciso entender algunos conceptos claves para que la situación no genere en conflictos posteriores.

El dolor por la pérdida de un hijo no se debe vivir solo

Cuesta entender, especialmente a varones, que el dolor no se debe vivir solo. Que es importante y sano, tener un hombro sobre el cual llorar. El psiquiatra Carlos Bianchi dice: “El peor de los duelos es el duelo solitario”. Un duelo solitario aísla e impide que el dolor de paso a la sanidad y la cicatriz.

Los seres humanos necesitan de otros para sobrevivir los momentos difíciles. Aislarse en el dolor, solo lo acrecienta.

Es preciso tener a alguien con quien llorar. Una persona que sea capaz de escuchar las angustias, temores, rabias y frustraciones. Sin ayuda de otro, el dolor tiende a enquistarse y produce un daño grave en la vida del individuo.

Hacer un monumento al dolor de la pérdida

Una actitud cultural común, es construir monumentos al dolor. Quedarse estancado en el sufrimiento y no darse permiso a sí mismo para continuar viviendo. Muchos recurren a este artilugio mental por una “fidelidad” mal entendida al que ha partido.

Muchas personas además de ver alterada su vida con la muerte de un hijo, detienen su existencia cuando eso ocurre. Actuar de ese modo produce a la larga más pesar.

Por duro que suene, la vida continúa. Hacer del dolor un monumento, sólo contribuye a que la herida quede abierta.

Al hacer un monumento de su dolor se caen en actitudes negativas como censurar la risa, las bromas y aún la actitud positiva de la pareja, considerando que no está “sufriendo lo suficiente”, olvidando que la vida tiene que continuar y que quedarse estancado, solo contribuye a mayor sufrimiento.

Entender que cada persona tiene un ritmo y una forma de vivir el dolor

Muchas parejas que pierden hijos olvidan construir nexos que no los destruyan. El dolor es tan grande que no aprenden a respetar los ritmos y formas de vivir el dolor de otros.

Es preciso ser cautos, en lo que se dice, y en la forma en que se valora lo que el otro siente, para no caer en excesos al juzgar o condenar a la pareja porque está viviendo su dolor de una determinada forma.

El dolor debe expresarse, no guardarse en el armario y cerrarlo con llave para no dejarlo fluir. Es preciso que los sentimientos de dolor se expresen “antes de que se conviertan en una amargura negra, en una roca tan pesada que nos impida volver a la vida”, como dice la periodista Mercè Castro Puig, quien sufrió la pérdida de un hijo.

Los hermanos que sobreviven a la muerte de un hermano

Muchos padres, ante la pérdida de un hijo, cometen el error de olvidar u obviar el dolor de los hermanos.

No solo los padres pierden a un hijo. Los hijos que sobreviven pierden a un hermano, a un amigo, a un compañero o a un confidente. Como lo expresa el poema de Guillermo González, titulado Carta a un hermano que ya no está:

Cómo puedo hablar contigo / Cómo puedo decirte lo que siento / Cómo el silencio de tu ausencia me duele / el silencio de tu dolor me hiere”.

Cuando los padres se concentran tanto en su dolor y dejan de lado a sus hijos que quedan, entonces, a menudo provocan un daño tan grande, que se necesitan a veces décadas para sanar, no la pérdida de un hermano, sino la ausencia de los padres que en su dolor, olvidan ser padres de los que quedan.

Cuando el dolor no se maneja de manera adecuada los hijos que sobreviven comienzan a experimentar emociones contradictorias, como sentimientos de culpa por el dolor de sus padres y sentir que tal vez deberían haber muerto ellos y no sus hermanos. Sentimiento que es altamente destructivo y que no ayuda a superar el dolor de manera sana.

El doloroso proceso de sanar la muerte de un hijo

Las familias superan mejor el dolor cuando padres e hijos están juntos en el duelo y en el proceso de sanar la herida y dar paso a la cicatriz.

Escuchar con empatía, llorar juntos, y entender los ritmos de dolor distintos de cada persona, es lo que ayuda a que el proceso de sanar, sea más efectivo y constructivo.