Con dos novelas y numerosos poemas en su haber, Anne Brontë se caracterizó por poseer una determinación inconmovible, una gran capacidad de adaptación y un agudo sentido de la ironía, que infundió sutilmente en su obra. Ha sido frecuentemente descripta como una mera sombra de sus más famosas hermanas, pero esta supuesta inferioridad no es tan definitiva como mucha gente cree.

Creciendo en los páramos de Haworth

Anne Brontë nació el 17 de enero de 1820 en Thornton, Inglaterra. La menor de seis hermanos, no había cumplido aún un año cuando su padre Patrick, un clérigo anglicano, fue asignado a una parroquia en Haworth, pequeño pueblo que se convertiría en el hogar de la familia por el resto de sus vidas.

Poco después de llegar a Haworth, la madre de Anne falleció de lo que se cree que fue cáncer uterino. Elizabeth, tía de los niños, se instaló en la casa para cuidar de ellos. Se sabe que Anne fue su favorita, y que la cercana relación que ambas mantenían tuvo un fuerte impacto en la personalidad y las creencias religiosas de la novelista.

Buscó mantenerse a sí misma

Anne tenía 19 años cuando comenzó a trabajar como institutriz para la familia Ingham. Se desempeñó en el puesto tan sólo durante unos pocos meses, hasta que la difícil naturaleza de los niños a quienes educaba se convirtió en un obstáculo insuperable.

En 1840 consiguió otro trabajo de institutriz, esta vez con los Robinson. Pese a no estar conforme con las costumbres de la familia se dedicó por completo a su labor, y no solo logró educar a los cuatro estudiantes a quienes tenía a cargo, sino que mantuvo el contacto con las tres niñas incluso años después de abandonar la residencia.

Basó su narrativa en sus propias experiencias

Al escribir su primera novela, Agnes Grey (1847), Anne se apoyó fuertemente en su experiencia como institutriz. La obra, una crítica social que narra las circunstancias que llevan a una joven a emplearse como gobernanta e ilustra el tratamiento que la sociedad inglesa decimonónica brindaba a sus trabajadores, está escrita en un estilo realista y reflexivo que ha sido comparado con Persuasión, de Jane Austen.

Por su parte, La inquilina de Wildfell Hall (1848) relata un proceso que Anne conocía a la perfección: la espiral descendente que significa el alcoholismo y la drogadicción. Poco tiempo antes, tras el fracaso de una relación amorosa con una mujer casada, su hermano Branwell había sucumbido a estas adicciones, marcando profundamente a Anne y a sus hermanas.

Charlotte Brontë impidió la reimpresión de La inquilina de Wildfell Hall

Esta novela, la historia de una mujer que abandona a su marido alcohólico y abusivo para proteger a su hijo, escandalizó a la sociedad inglesa victoriana. El motivo era que Helen, la protagonista, no solo desafiaba las convenciones de la época, sino también su ley. En efecto, una mujer no tenía ningún tipo de independencia legal fuera de su marido. Si lo abandonaba éste tenía derecho a reclamarla de vuelta, y si se llevaba al hijo de ambos era responsable de secuestro.

Anne contestó a los detractores en el prefacio de la segunda edición, afirmando que su objetivo al escribir la obra era sencillamente "decir la verdad". No obstante, el controversial tema jugó en su contra tras su muerte en 1849: Charlotte, su única hermana aún viva, impidió durante años la reimpresión del libro (considerado por muchos su obra maestra) sentenciando categóricamente: "'Wildfell Hall' difícilmente se me antoja deseable de ser preservada", y condenándolo públicamente con estas palabras: "La elección del tema fue un completo error [...] Los motivos que dictaron dicha elección fueron puros, pero, creo yo, ligeramente mórbidos."

Así, en tanto Cumbres Borrascosas, de Emily, y Jane Eyre, de la propia Charlotte, siguieron siendo publicadas y discutidas, La inquilina de Wildfell Hall quedó relegada a un segundo plano durante más de un siglo.

Una de las primeras feministas

La novedad absoluta en la caracterización de Helen, así como las vehementes declaraciones de Anne con respecto a la irrelevancia que el sexo de un escritor tiene para su obra, nos autorizan a sostener que Anne Brontë fue una de las primeras feministas en la historia de la literatura. A mediados del siglo XIX, ya había dado el primer paso de un proceso que no se iniciaría activamente sino hasta medio siglo después.