La Península Ibérica es un auténtico paraíso para los reptiles. Su clima, moderadamente cálido y la abundancia de presas permite una rica fauna en ofidios. Las serpientes están representadas por las culebras y las víboras. Ambas son formidables matadoras de pequeños mamíferos, en especial roedores, y constituyen un importante eslabón de la cadena alimentaria de los ecosistemas ibéricos pues, a su vez, son capturadas por muchos animales.

Las víboras, las serpientes más evolucionadas

Las víboras pertenecen a la familia de los Vipéridos, que incluye, también, a las conocidas serpientes de cascabel. Viven en todos los continentes, salvo Australia, Madagascar y otras islas.

Todas tienen rasgos comunes que las diferencian de otros ofidios. La cabeza es triangular, bien diferenciada del cuerpo, y ensanchada en su parte posterior, donde se alojan las glándulas venenosas. El morro está levantado y la pupila es vertical. El cuerpo suele ser grueso y corto.

Las víboras son ofidios solenoglifos, provistas de un aparato inoculador muy perfeccionado. La mandíbula superior está armada con un par de grandes dientes inoculadores curvados en forma de sable. Cuando la boca está cerrada se encuentran paralelos al paladar, gracias a una serie de articulaciones. Por la base están conectados a la glándula del veneno y su punta acaba en bisel. El interior está recorrido por un conducto hueco por el que circula el veneno.

Al abrir la boca para disponerse a morder, los dientes inoculadores adoptan una posición vertical apuntando hacia abajo. El veneno es inoculado a presión gracias a los músculos anejos que oprimen la glándula que lo contiene. Este mecanismo inoculador permite al ofidio inyectar gran cantidad de veneno en poco tiempo, de manera que tras morder puede apartarse de inmediato.

El veneno de las víboras

El veneno de todos los Vipéridos tiene, principalmente, componentes hematotóxicos que causan abundantes hemorragias, al alterar y destruir las células de los capilares sanguíneos. En menor medida tienen sustancias que afectan al sistema nervioso. Esta abundancia en sustancias que atacan al sistema circulatorio parece relacionarse con una especialización en la captura de animales homeotermos.

De entre las víboras ibéricas, la áspid (Vipera aspis) es la que tiene el veneno más activo. Se han dado casos de muerte en personas mordidas. Por fortuna raro, este desenlace puede darse en ancianos, niños o personas con alguna dolencia cardíaca. La víbora hocicuda (Vipera latastei) es menos peligrosa y son excepcionales los casos que acaban fatalmente. Por último, la víbora de Seoane (Vipera seoanei) posee el veneno menos activo de las tres. Todas ellas prefieren la huida en caso de peligro, pero no dudan en morder si son sujetadas o se sienten acorraladas.

Los roedores, principales presas de las víboras

La dieta de las víboras varía con la edad. Los viboreznos suelen alimentarse de invertebrados y pequeños saurios. Los adultos, aunque capturan lagartos con cierta frecuencia, prefieren los pequeños mamíferos: ratones, musarañas, topillos y lirones. De manera ocasional pueden atrapar algún ave y, la víbora de Seoane, anfibios.

Pueden cazar al acecho o al rececho. En el acecho, la víbora permanece inmóvil, confundida con el entorno,a la espera que se aproxime una presa. Cuando esta se encuentra suficientemente cerca, proyecta a velocidad fulminante la parte anterior del cuerpo y clava profundamente los dientes en la carne y se retira acto seguido. El veneno tiene un rápido efecto y la víctima ya no trata de defenderse. En ocasiones se aleja algunos metros pero la serpiente la localiza pronto gracias a su fino olfato. Cuando está segura que el animal ha muerto, la víbora lo devora. En el rececho, el ofidio sigue el rastro de su presa hasta aproximarse lo suficiente para lanzar su ataque.

Numerosos enemigos

Pese a estar provistas de tan eficiente arsenal, las víboras sirven de alimento a bastantes animales. Destacan las rapaces diurnas, como ratoneros y águilas culebreras. Entre los mamíferos son víctimas de erizos, jabalíes e incluso meloncillos. De manera ocasional, una gran culebra bastarda puede incorporar una víbora a su dieta.

Las víboras ibéricas

En la Penínusla Ibérica hay tres especies de víboras, la áspid, la hocicuda y la de Seoane. La víbora hocicuda se extiende por toda la península. Falta en los Pirineos, donde es sustituida por la áspid, y en Galicia, Asturias, Santander y País vasco, reemplazada por la víbora de Seoane.

Se encuentran desde el nivel del mar hasta una altitud de 2000 metros (víbora hocicuda), 1500 metros (víbora de Seoane) ó 2900 metros (víbora áspid).

La víbora áspid alcanzan un tamaño medio inferior a 70 centímetros, aunque algunos ejemplares han llegado a los 85. Tiene un hocico, poco prominente, apenas levantado. Por detrás de la cabeza hay una mancha en forma de V con el vértice apuntado hacia delante. Un barreado transversal o un zig-zag oscuro suele recorrer todo el dorso. Prefiere zonas rocosas o pedergosas con buena cobertura vegetal, bosques, prados y matorral.

La víbora hocicuda pocas veces supera los 70 centímetros de longitud. El hocico es prominente, con frecuencia formando un ápice nasal característico. En el dorso suele haber un zig-zag oscuro, formando manchas romboidales oscuras interconectadas. En la parte superior de la cabeza suelen apreciarse dos manchas oscuras oblicuas que convergen sin llegar a tocarse en la zona occipital. Evita los bosques densos. Prefiere las zonas de matorral y pedregosas con cierta vegetación. También coloniza los bosques abiertos, dunas y zonas arenosas. Puede trepar por los arbustos y visitar charcas someras.

La víbora de Seoane alcanza un tamaño medio de 55 centímetros, ocasionalmente hasta 60. El hocico es plano o ligeramente prominente en su extremo. El dorso es beige o amarronado, con un zig-zag oscuro, continuo y ancho. En la cabeza existe una mancha oscura en forma de V con el vértice apuntando hacia delante y pueden haber otras manchas oscuras o negras. Prefiere las zonas de matorral bajo, linderos de bosques y prados. También frecuenta muros y tapias con vegetación.

Las tres son escasas y merecen la protección del hombre por su beneficioso papel en la agricultura y en los ecosistemas donde viven.