En su trabajo Ofendidos y orgullosos (1983) el sociólogo Josep Vicent Marqués apunta el siguiente planteamiento: “sólo quien es varón burgués, blanco, heterosexual, cabeza de familia y ciudadano de país poderoso está libre de toda forma de opresión o discriminación. Al menos, de aquéllas que atañen a su misma identificación como sujeto. Quien reúna esas características estará libre de sospecha, de toda presunción social de que ha de ser tratado como ‘algo’ lo que sea, pero no como sujeto pleno. Que sea realmente libre es otra cuestión”. Con estas ideas Marqués deja en evidencia lo que es el androcentrismo, uno de los modelos sociales más repetidos y replicados en el mundo.

El androcentrismo como ideología

El androcentrismo supone “considerar a los hombres como el centro y la medida de todas las cosas. Referirse a ‘las edades del hombre’ cuando se pretende hablar de la evolución de toda la Humanidad es un ejemplo del pensamiento androcéntrico. Detrás de la palabra hombre no sabemos si se está pretendiendo englobar a las mujeres. Si es así, éstas quedan invisibilizadas, y si no es así, quedan excluidas”. En suma, la expresión esconde una ideología que presupone que el varón es el centro de la sociedad, o al menos, el ser más importante.

El lenguaje tiende a ser androcentrista y es validado por una forma de expresarse en términos sexistas, es decir, suponer que los varones y las mujeres deben ser diferenciados por sus roles sexuales asignados por la cultura en la que viven. Se configura en ideología toda vez que se sustenta en dogmas no probados sino en concepciones sociales consuetudinarias que se van manteniendo a través de diferentes generaciones.

El androcentrismo como elemento discriminador

Cuando el varón es tratado como si fuera el centro de la acción social, y se tiende a ignorar, excluir o invisibilizar a la mujer, se está ante la presencia de un factor discriminador sostenido por conductas sociales aceptables para una buena parte de la comunidad.

El androcentrismo es, por definición, una ideología discriminadora. Propicia la idea de que el varón es más importante o trascendente para el funcionamiento social, que la mujer. Las conductas que se derivan de allí no son proclives al mundo femenino, al contrario, crean las condiciones para la violencia, la exclusión y la frustración de muchas mujeres que ven impedido su desarrollo pleno.

El androcentrismo y validadores sociales

Para que el androcentrismo pueda mantenerse en el tiempo necesita algunos validadores sociales que justifiquen esta forma de pensar. En dicho contexto la educación, la religión, la política y la familia son los grandes gestores del mantenimiento de esta forma de pensar.

En el caso de la educación, cuando los docentes y los textos de estudio, utilizan lenguaje sexista, y tienden a poner al varón en una posición de relevancia con respecto a la mujer, entonces, se convierte en un ente formador de una manera de pensar sesgada.

Por otro lado, la mayoría de las religiones cristianas y no cristianas, ponen como centro al varón y desde esa perspectiva se convierten en validadores sociales de la masculinidad en desmedro de lo femenino.

En otro ámbito, la mayoría de los actores políticos suelen ser varones, por lo tanto, en su gestión y acción, se convierten en los ejes representativos de lo que supuestamente es el buen hacer del mundo político, convirtiendo a las mujeres en seguidoras y subsidiarias.

Finalmente, los modelos de relación varón-mujer que se transmiten como ideales para la conducta familiar, tienden a su vez a poner a los varones en un lugar de privilegio, y por ende, facilitan la cosmovisión androcéntrica y machista que considera al hombre como centro y a la mujer como secundaria.

Efectos del androcentrismo

Los efectos de esta manera de pensar son variados. En el campo de la educación fomentarán un clima para incluir en el sistema social a los varones en profesiones consideradas “masculinas” y con más presencia social y a las mujeres en actividades de algún modo subsidiarias.

En los grupos religiosos se fomentará una ideología que tenderá a creer y a buscar excusas ideológicas para sostener que sólo los varones pueden ocupar puestos de liderazgo.

En la política se seguirá con un formato donde se tiende a creer que las mujeres no están capacitadas para dirigir, puesto que serían más emocionales o dependientes, para este tipo de actividades.

Y finalmente, en el hogar, se facilitará un modelo donde el varón y los hijos son atendidos por mujeres que tienden a ser tratadas como sirvientas o personas cuyas necesidades son secundarias y se deben a la atención de los “suyos”, lo que incluye relegarse a sí mismas.