Una novela de 1850 escrita por un hombre que aseguró: "Madame Bovary soy yo, y usted también", al margen de las características propias del primer gran personaje de la literatura europea que relata la epopeya de una mujer por ser ella misma en la búsqueda de su independencia, y sobre todo, de su placer sexual, algo enteramente prohibido para la cultura de las clases bajas. Bovary es una mujer de la que la mayoría de los lectores se han enamorado. Todos tienen una imagen de esa mujer fascinante, sensual y aniñada, audaz y tremendamente torpe, lanzada a los brazos de los personajes de novela sin raíces sociales en un mundo que despreciaba su independencia.

Bovary en el libro y el cine

Gustave Flaubert (1821-1880) escribió poco y publicó menos, perfeccionista hasta la exasperación, y bien nutrido de una época literariamente extraordinaria en Francia. Amasa su desgraciada experiencia vital y supera su grave neurosis a base de una literatura exigente de la que descuella Madame Bovary, escrita alrededor de 1952.

Flaubert pergeñó la historia de alguien que se rebela ante los prejuicios y la ruindad de la sociedad en la que le toca "vegetar": una mujer que aspira a la libertad, una mujer que descubre el placer y se estrella con la realidad: "he querido huir pero equivoqué la salida". Aquel niño que aprendió a leer a los 8 años era considerado El idiota de la familia, hijo de una madre fría, sumisa a un marido tirano. De esa angustia nace Bovary y un sinfín de hombres enamorados de ella, de escritores que no han parado de articular análisis sobre una novela de unas 400 páginas.

Jean Paul Sartre, el que más: 4000 páginas en tres volúmenes bajo el título, precisamente de El idiota de la familia. También hubo versiones para teatro en Francia e Inglaterra pero sin trascendencia, y películas de variada importancia: una en Hollywwod, dirigida por Vincente Minnelli, dos en Francia, Jean Renoir y Claude Chabrol, otra en Argentina, de Carlos Schlieper, y para televisión. La Bovary del cine más fascinante: Jennifer Jones.

Por todo esto resulta una proeza plasmar en un escenario al personaje y su mundo reducido a la esencial búsqueda de sí misma en la posibilidad de descubrir el placer y el amor y los privilegios sensuales de la clase superior. Y no es casual que su primer amante sea un dandy que vive de rentas con todo el tiempo del mundo para disfrutar de las mujeres.

Madame Bovary con Ana Torrent dirigida por Magüi Mira

Emilio Hernández ha realizado una muy interesante versión teatral en la que se aprovechan muy bien partes esenciales de la trama y la complejidad del personaje. Ana Torrent salva con buena técnica, y delicado sentimiento en las escenas capitales, la enorme dificultad de dar un nuevo rostro, una nueva energía, a un personaje del que sus numerosos lectores ya saben demasiado. A su lado, dan mucho de sí, eficaces siempre, Fernando Ramallo en el joven enamorado, y Armando del Río como el cruel señorito. Juan Fernández es el bondadoso marido con especial lucimiento en el dramático final.

Mientras los actores dan su "do de pecho" en la compleja ecuación de interpretar los personajes y a la vez narrar sus pensamientos o emociones, quedan fuera de lugar otros aspectos de una puesta en escena muy convencional: la estridente y repetitiva música de David San José —al peor estilo de cortinas musicales de telenovelas—; la escenografía (que no firma nadie), exageradamente limitada, claustrofóbica, y los trajes de la protagonista que no facilitan la expresión de sus diferentes etapas (diseño de vestuario, muy acertado en los hombres, de Helena Sanchís).

Madame Bovary, de Flaubert en versión teatral de Emilio Hernández en el teatro Bellas Artes hasta el 25 de marzo: una experiencia singular para amantes de la novela y del teatro; polémica, arrítmica e imperfecta, pero con el corazón de nobles artistas que se entregan por completo noche a noche para contar la trágica historia de una mujer audaz "que, cada vez más sola, más impotente, entra en el camino de la destrucción", al decir de su directora Magüi Mira.