Son muchas las historias de amor atípicas, innumerables los personajes famosos que acumulaban encuentros sexuales en cascada, unas veces por juego, otras por necesidad; pero casi todas fruto de una insatisfacción. Sírvanos como ejemplo lo que les ocurrió a tres mujeres que vivieron las relaciones sexuales de manera “distinta”. Siempre acostumbrados a narrar las vicisitudes de los grandes donjuanes, he aquí el polo opuesto.

Catalina II La Grande

(1729 – 1796), fue la esposa de Pedro III y Zarina de todas las Rusias tras destronar a su marido, el cual murió en extrañas circunstancias de las que ella no fue ajena. Disfrutaba en sus mejores momentos de un promedio de seis relaciones sexuales al día. Aunque parece que el comienzo de su matrimonio no auguraba esa vorágine sexual, está contrastado que permaneció virgen los ocho primeros años de su matrimonio, al parecer como consecuencia de la fimosis que padecía su marido.

Catalina, con los años, llegó a contar con ochenta amantes oficiales, entre ellos el príncipe Sergio Saltikov, o Augusto Poniatovski que gracias a la ayuda de la zarina llegaría a ser rey de Polonia. También fueron sus amantes Gregorio Orlof y el tuerto Potemkim. Además, esta insaciable mujer, practicaba un segundo placer: el voyeurismo. Se cuenta, que su médico personal, Rogerson, y su alcahueta privada, madame Protas, probaban personalmente a sus amantes antes de aconsejarlos a la zarina. Lo mejor que les ocurría a los amantes de esta mujer eran las grandes compensaciones económicas o políticas que recibían.

Georges Sand

(1804 – 1876), escritora francesa cuyo verdadero nombre era Aurore Dupin, baronesa de Dudevant, conocida en el mundo literario por el seudónimo de Georges Sand, fue una seguidora a ultranza de las corrientes románticas de la época; no solo intelectualmente, sino también en su vida amorosa, engrosando una lista de amantes de número notable. A pesar de haberse casado a los dieciocho años con el barón Casimir Dudevant, mantuvo relaciones amorosas, entre otros muchos, con personajes famosos como: Jules Sandaeu, Prosper Merimée, Pietro Pagello, Alfred de Musset y Frédéric Chopin (con quien vivió un conocido romance en la Cartuja de Valldemosa en Mallorca). Como curiosidad, y aunque no todos sus amantes fueron famosos, vivió una relación apasionada con un lisiado al que le faltaban las dos piernas.

Zingua de Angola

La reina Zingua de Angola, que controló los designios de aquel país a principios del siglo XVII, ha pasado a la historia como una ninfómana desmedida. Contaba con un surtido harén masculino a su entera disposición, se divertía organizando combates a muerte entre sus esclavos. Ella ofrecía su cuerpo como premio al campeón; no obstante, después de una noche de desenfreno amoroso, al alba mandaba matarlo. En cierta ocasión ordenó matar a todas las mujeres embarazadas de su reino, no aceptaba que sus súbditas hicieran gozar a los hombres. El comportamiento de esta sanguinaria mujer se mantuvo hasta los setenta y siete años, edad en que se convirtió al catolicismo y cambió radicalmente su actitud ante la vida.

¿Fuego uterino?

La ninfomanía, dicen los especialistas, como enfermedad no existe. Puede haber casos de mujeres con mayor deseo sexual, incluso hasta el extremo de atormentarlas, pero en esas circunstancias tal vez sean síntomas de un trastorno maniacodepresivo. Ahora, el llamado “fuego uterino” de la antigüedad, se denomina técnicamente “Síndrome de Excitación Sexual Persistente”.

Los casos con anterioridad relatados, pueden ser además fruto de un ejercicio de abuso de poder mezclado con ninfomanía, o tal vez no. Georges Sand, recién casada, descubrió a su marido haciendo el amor con una criada y nunca se lo perdonó; ¿una venganza quizá? De cualquier manera todo lo que pasaba por la mente de esos personajes seguirá siendo un misterio.