El amor es una palabra que debía ser desinfectada, dijo un filósofo hindú. Para conseguirlo hay que educar a nuestros hijos para enfrentarse a ese sentimiento. El amor está enfermo, intoxicado por dos terribles plagas: el romanticismo y el sexo.

Cuentos de hadas

El primero, cuyo caldo de cultivo son los cuentos de hadas y las películas de factura Disney, nos ha dotado de una sociedad que pronto descubre que el amor romántico, además de una mentira piadosa, es una trampa. El psiquiatra Scott Peck señala que aunque se trata de una mentira necesaria para asegurar la supervivencia de la especie, sin embargo malgastamos enormes cantidades de energía en un intento fútil y desesperado de hacer que la realidad de nuestras vidas se ajuste a la irrealidad del mito.

Frustrados ante la inconsistencia del romanticismo en nuestro acelerado mundo, que busca resultados inmediatos y cuantificables de cualquier sentimiento y tras descubrir que el amor ya no es necesario ni para el placer, ni para la emancipación, ni para la seguridad de la mujer, ahora se busca sobre todo diversión, satisfacción sexual, sexo como sucedáneo del amor y como refugio de la soledad.

Mejorar nuestras relaciones

El tránsito a la madurez pasa por destilar la esencia amorosa entre todos sus sucedáneos, por eso el pensador italiano Leo Buscaglia considera que los humanos necesitan aprender a amar en libertad y con realismo. Las escuelas deberían impartir, entre otros valores saludables, éticos y ecológicos, una asignatura sobre la materia amorosa que nos ayude a mejorar nuestras relaciones con los demás, porque el amor es un sentimiento al que nadie escapa, global: en 166 culturas del planeta estudiadas existen relaciones amorosas del mismo tipo que en occidente

A pesar de ser emoción tan primaria y universal, pero a la vez tan humana, resulta una gran desconocida. Primero su aspecto esencialmente materialista: todos deberíamos saber cómo estamos programados por nuestros genes para amar porque así aumentamos las probabilidades de apareamiento sexual y afianzar así la supervivencia de la especie.

Cómo la mirada, los gestos, los atractivos físicos o la intimidad del acto fraguan una pócima interna de sustancias químicas y secreciones hormonales que dan lugar a conductas, expresiones, actividades que conocemos con el nombre de amor. Se enseñaría cómo la copulación cara a cara de nuestros más primitivos antepasados permitieron la aparición del amor. Como señala la antropóloga Helen Fisher, cuando puedes ver a la pareja, también puedes ver sus reacciones y acostumbrarte a su sonrisa, sus miradas de cariño y adoración y unirte a ella.

Feromonas

Se estudiaría la química cerebral, ese caudal de endorfinas y neurotransmisores que condicionan desde el flechazo hasta el amor eterno. Conoceríamos el poder de las feromonas; cómo nuestro propio cuerpo genera el más poderoso de los afrodisíacos, el olor corporal, efluvios que se desprenden de las glándulas apocrinas que todos los humanos poseen en las axilas, alrededor de los pezones y en las ingles. Como decía el creador del psicoanálisis Sigmund Freud, "al reprimir el sentido del olfato, el hombre reprimió su sexualidad".

Reconoceríamos que la forma más básica de amor es el amor materno que, como señalaba Erich Fromm, inculca en el hijo el amor a la vida; que la más universal es el amor fraterno, el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento hacia otro ser humano; y que incluso es importante el amor hacia uno mismo, porque automáticamente se les da a los demás la oportunidad de que nos quieran.

Pero sobre todo, aprenderíamos que el amor tiene una dimensión única, espiritual, que nos señala como humanos y divinos entre todas las criaturas; un amor que al margen de dioses y liturgias busca la experiencia de unión con el todo y nos eleva más allá de la experiencia terrestre ordinaria, hacia una dimensión celeste, mística.