Lo común en cualquier ciudad, religión o cultura es el arte de gesticular que posee el ser humano, la idea de mirar y llamar la atención es algo de lo que nadie escapa. El gesticular es un modo utilizado para poder provocar algo más de lo que ya provoca una mirada, las manos, el caminar, son modos que atraen de manera singular, dicen mucho mas de una persona; y eso lleva, sin querer, a veces, a una primera atraccion visual si se quiere.

¿Te sientes observada?

Al finalizar un día laboral, a uno le suceden diversas situaciones camino a casa con las cuales decide lidiar o no. La más típica puede decirse que se da a mitad de una calle, o en una esquina donde se ven muchos hombres y justamente allí, en ese conglomerado, si una mujer pasa bien vestida a cierta hora de la tarde, ellos no pueden evitar el coqueteo habitual, simplemente porque su efervescencia masculina no lo permite. Tambien puede decirse que en esos contextos, a veces ocurren cruces imprevistos de miradas primerizas que llevan a un choque continuo de miradas ocurrentes.

Nosotras y nuestras maneras

En el caso puntual de las mujeres, no pecan de inadvertidas en esas circunstancias ya que guardan su as debajo de la manga. La mujer en sí es de carácter más reservado, estratégico, y cuando alguien le llama la atención no duda en poner su plan en marcha, de manera tal que logre captar al cien por cien la atención de quien quiere conquistar.

Una pequeña leccion no les viene mal

En el siglo en el que vivimos hoy, los hombres parecen más de los tiempos de piedra que del siglo actual, cada vez menos expresivos, menos románticos, menos estrategas, como si se hubiese creado un muro entre su ser y el mundo exterior para poder permitirse expresar sus sentimientos a la hora de conquistar a alguien.

Todo es cuestión de tiempo y paciencia para que se genere un especie de click interno y generar un acercamiento a la persona deseada finalmente, los hombres necesitan su espacio al igual que las mujeres aunque no lo parezca. Vivimos en un mundo moderno, pero aun algunos necesitan sus tiempos para acomodarse y darse su lugar para finalmente estar al lado de quien desearon tanto.

Amor a primera vista definitivamente

La existencia del amor a primera vista, ese flechazo que sientes al conocer a alguien irresistiblemente atractivo para tu gusto, es defendida a diario por cientos de individuos, quienes aseguran haber experimentado este tipo de sentimiento, que no siempre responde a los criterios de selección de pareja.

Vamos a dejarlo en manos de quienes saben

En opinión de Heinrich Bruchner, autor de numerosas publicaciones sobre cuestiones sexuales y amorosas,"lo que se siente en un primer momento puede ser realmente auténtico, pero su solidez y estabilidad no pueden valorarse desde el principio. Puede ser, incluso, que seamos correspondidos, pero en ocasiones esto se desvanece, porque los seres humanos se desarrollan constantemente".

Ratifica Heinrich Bruchner: "Aunque en un primer momento llegue a impresionarnos la forma de ser de una persona, sus movimientos, apariencia y otras características, por lo general, los valores humanos internos no se captan rápidamente".

A esta suerte de encantamiento deberíamos llamarle enamoramiento a primera vista, porque se trata más bien de un deseo romántico que deslumbra, una intensa atracción sentimental.

Cupido tiene la culpa

El impacto emocional que experimentamos al conocer a otra persona y quedarnos completamente deslumbrados, no es más que un flechazo de Cupido, una especie de enamoramiento repentino que no permite pensar en nada más. Una mezcla de esa química que atrae o aleja a los seres humanos, con la idealización que cada uno elabora sobre el otro y, posteriormente, trasladamos a un individuo en específico.

En cambio, el amor es otra cosa: implica además de atracción, deseo y cariño, conocimiento mutuo, porque nadie puede amar a quien no conoce. También respeto, confianza, preocupación por todo lo que guarde relación con la persona amada y aceptar a nuestra pareja con sus virtudes y defectos.

Es, a decir de los expertos, el verdadero fruto que puede dar o no el enamoramiento, y exige estabilidad y perdurabilidad: dos criterios que confirman su verdadera existencia.