El altruismo denota una disposición para actuar en favor de los semejantes de una manera desinteresada.

Algunos estudios científicos se inclinan a considerar que los comportamientos altruistas forman parte de nuestra carga genética, influyendo en la evolución humana como especie y, obviamente, en su mejora. Cabría preguntarse, entonces, por qué algunas personas desarrollan su faceta más altruista mientras otras encauzan su vida bajo parámetros puramente egoístas, lo que sería la otra cara de la moneda. Es evidente que la educación, el aprendizaje y el entorno, además de la propia genética, también influyen y moldean al individuo a la hora de poner en práctica sus capacidades en uno u otro sentido.

Desde un punto de vista colectivo, no hay duda que las comunidades que se caracterizan por haber desarrollado fuertes lazos de solidaridad, tienen más posibilidades de prosperar que aquellas sociedades que fomentan tendencias individualistas, e incluso psicopáticas, que se distinguen por la desunión, el conflicto y el egoísmo.

El altruismo en la sociedad

La correcta interrelación en la sociedad entre las personas está basada –o debería estarlo– en un equilibrio entre el dar y el recibir.

El altruismo, que en esencia es dar, sorprende y admira a muchas personas que consideran que esta actitud, cuanto menos, no es la más común y esperable en un ser humano. Y más aún en una sociedad como la actual donde las referencias y los valores están cada vez más cuestionados. No obstante, este supuesto sacrificio que se le supone a la actitud altruista, lejos de ser percibido como tal por quien la posee, en realidad repercute en el conjunto de la sociedad y, por lo tanto, también en el propio altruista, a quien revierte en forma de valoración social, autoestima, inteligencia emocional y, en última instancia, felicidad. Esta idea queda reflejada en el pensamiento del teólogo Richard Wilhelm: "No son los fines particulares del yo, sino las metas de la humanidad, lo que produce una duradera comunidad entre los hombres".

Dar a los demás es una incitación a la reciprocidad. Tal vez semejante actitud se le antoje a más de uno como un mero ejercicio de ingenuidad, máxime teniendo en cuenta la sociedad en la que vivimos, sin embargo los cambios siempre deben empezar por uno mismo y, en este sentido, dar es la mejor inversión que puede hacerse.

El voluntariado: el altruismo organizado

La pertenencia a una organización en calidad de voluntario es una de las maneras más efectivas de encauzar y desarrollar el comportamiento altruista. Las labores propias del voluntariado permiten establecer vínculos con personas de parecidos intereses, fortaleciendo la sensación de pertenencia al grupo, la propia autoestima y fomentando lazos de amistad perdurables en pro de un mismo objetivo.

La convivencia, la solidaridad y la creencia en los valores sociales positivos estimulan y asientan la sensación de bienestar y satisfacción general con la vida y con uno mismo. Esta actitud ante la vida conlleva toda una serie de beneficios. Así pues, la persona altruista está mucho menos expuesta a problemas como la ansiedad, la depresión, todo tipo de adicciones, baja autoestima y, en general, demuestran también una mayor capacidad asertiva a la hora de enfrentarse a cualquier contingencia que el destino les depare.

Altruismo; una cuestión moral

El principio altruista, más allá de una condición capaz de cohesionar una sociedad en virtud de unos objetivos y valores comunes que benefician a todos, es también una cuestión moral.

La preeminencia de una moral impregnada de los valores propios del altruismo, se constituye como la base social del progreso, la cultura y el bienestar. De igual modo, se convierte en un contexto psicológico capaz de contener o reprimir otras características negativas que, formando también parte de la esencia humana, atentan contra la propia salud del sistema. Entre ellas destacan la violencia, el egoísmo o la maldad, tan interiorizadas en nuestra sociedad occidental y que, cada vez más, pretenden fomentar todo tipo de pretendidos valores, vacíos de contenido, donde prosperan las actitudes psicópatas y camaleónicas cuyo objetivo nada tiene que ver con el bien social, sino que, únicamente, buscan servirse de él para obtener beneficios inmediatos sin entrar a valorar en ningún momento el perjuicio ocasionado al entorno más inmediato, así como la erosión constante que supone para todo el entramado social del que todos formamos parte.

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