La profunda entrega de dos actrices de distinta generación en un ámbito cruel hacia la mujer permite descubrir zonas de talento diverso: tanto en la creación de personajes como en las posibilidades físicas y espirituales del arte teatral.

En estas páginas ya escribí una crítica entusiasta del espectáculo recientemente estrenado en el Español: Sublime Aitana Sánchez-Gijón en La Chunga de Mario Vargas Llosa. Entonces me ocupé de sus integrantes con sus particulares talentos dirigidos por Joan Ollé, quien dio precisa calidad teatral a un texto que, a priori, no era de mi interés.

Pero me quedé con el deseo de re-disfrutar el trabajo de Aitana e Irene

La sublime Aitana lo es porque rompe moldes al enfrentarse a un personaje con características opuestas a lo habitual. La Chunga la estrenó en Madrid Nati Mistral, quien daba mucha más fortaleza física como para enfrentarse a estos canallas feroces en el bar que regenta.

Aitana sublime porque construye su personaje desde la mujer rota que ha de defenderse para que no la aplasten como a todas las guapas, carne de burdel. De allí su grito desgarrador: "No quiero ser guapa. Nadie me respetaría". Porque así es en ese ambiente y para quien quiera verlo en muchos lugares del mundo donde la explotación sexual de la mujer desde niña sigue siendo la fuerza económica más rentable.

No tiene Sánchez-Gijón el vozarrón de la Mistral y de otras actrices que interpretaron el personaje en una veintena de países (según el tópico que plantea el texto), pero impone su delicadeza de pantera y cuando estalla en emociones grita y se rompe con el alarido de la niña que nunca fue, que nunca pudo ser, porque bastante tuvo con evitar enamorarse de hombres que la llevarían a prostituirse a La Casa Verde.

La amarga soledad, el ensueño juvenil

Y en esas que se cruza Mechita, tan linda, tan tierna, tan sensual tan juguete nuevo para el jugador empedernido que la cede por dinero a la Chunga por una sola noche donde sucederán las escenas más importantes de la obra, mezcla de realidad y ficción, de hechos reales que se reconstruyen y fantasía de los hombres, esos jugadores borrachines que pueblan el bar de la Chunga noche a noche.

— ¿Siempre te gustaron las mujeres?

— No me gustan las mujeres, me gustas tú. Quiero que esta noche goces más de lo que has gozado nunca con ese cafiche.

Y la Chunga se transforma sólo para ella, desnudándose por completo, ofreciendo al espectador y a la ingenua muchacha un hermoso cuerpo que parecía no existir bajo las muchas prendas que deformaban sus atractivas curvas, y Mechita con su aire adolescente hace del placer una entrega juguetona porque quiere gustar, porque ansía ser abrazada y promete volver en un regreso fantástico.

Los encuentros entre estas dos actrices son de una preciosa riqueza dramática: tienen en sus movimientos, sus abrazos, sus besos y sus esperanzas momentos teatrales inolvidables; su piel y su respiración agitada traspasa la convención escénica, la llamada "cuarta pared" y se instala en lágrimas de mujeres y congoja de hombres que aman a las mujeres libres.

El llanto contenido, la alegría ante el éxito reconocido

He visto la función dos veces, y hay matices en la interpretación de cada una, para bien y para mal, no hay un ajuste perfecto porque ya se sabe que en el teatro y en casi todo, lo perfecto es enemigo de lo bueno. Pero cuando Chunga-Chunguita y Mechita se juntan, se detiene el ritmo casi coreográfico del espectáculo y nos sumergimos en la atracción de dos mujeres en cuyo encuentro íntimo, tan sexual como espiritual, la violencia del mundo se disuelve para construir el auténtico corazón de la poesía teatral: ese misterioso lugar en el que para entrar hay que alejarse absolutamente de nuestros propios fantasmas para dejarse besar por los de los personajes y los intérpretes que los componen.

Los saludos finales se suceden con alborozo: toda la Compañía agradece con alegría el entusiasta aplauso del público, pero en el primer saludo el cuerpo y los rostros de Aitana-Irene están al borde del llanto, todavía no son ellas mismas, aún tienen encima las huellas de mujeres que sufren terriblemente una situación demencial, histórica, no sólo en los años 40 en que transcurre la obra, sino en esta actualidad del siglo XXI.

Portadoras de un mensaje redentor, actrices con un espléndido futuro, y el telón que cae cada vez sobre sus cuerpos en una larga caricia con un mensaje que, curiosamente, expresó muy bien Aitana Sánchez-Gijón en una entrevista: "Nos sentimos menos solos en el teatro".

La chunga, de Mario Vargas Llosa, teatro Español hasta el 30 de junio. Dirección: Joan Ollé. Otros intérpretes: Asier Etxeandia, Tomás Pozzi, Jorge Calvo y Rulo Pardo.