A veces, el cine transita por parajes inhóspitos, alejados de la norma, si es que existe alguna. Cuando ocurre esta circunstancia, hay que detenerse y mirar. Pues, casi tanto mérito tiene realizar un filme como "Aita" como sentarse a visionarlo.

Desde el inicio, la claridad avanza con mesura, descubriendo con cuentagotas lo oculto, pero quedando siempre a las puertas de desvelarnos el misterio. No queda otra que entrar en ese caserón, esperar y atisbar lo que oculta la luz.

El cineasta guipuzcoano José María de Orbe propone una película en exceso contemplativa, matizada de un realismo documental que la envuelve en el tedio y la espera. "Aita" es una historia contada sin temor a la impaciencia o la prisa, marcada por el ritmo que dicta la escritura de la luz. Como anticipan el guarda de la finca y el cura en su primer encuentro, la historia va lenta, lenta por aquí, a lo que el otro responde, la historia lenta y la vida rápida.

"Aita" Historia de una casa

Escuchamos unos pasos, el viejo guarda deambula por los pasillos del lugar, abre puertas y ventanas. La luz del día se va filtrando y dando forma a la arquitectura de la vieja casa. Parece prepararse para ser restaurada. Por vez primera en mucho tiempo, el caserón vuelve a ser habitado. Antropólogos en busca de huesos, operarios trabajando en el exterior, excursiones, adolescentes saqueadores, todos curiosean por sus rincones avivando su memoria.

El cine se dispone a contar, como en tantas otras ocasiones, la historia de una casa encantada. Pero no hechizada por entes o espíritus fanfarrones, sino por haces de luz que proyectan imágenes históricas sobre sus paredes. Jardines, objetos, habitaciones y antepasados familiares se abren paso durante la noche, entre las sombras, mecánicamente reproducidos por la luz de un proyector y, como los auténticos residentes del lugar, tanto del tiempo presente como del esplendor de los días pasados.

Proyecciones

En "Aita", las enigmáticas imágenes de archivo, deterioradas por borrones, manchas y extrañas texturas, representan una crónica documental de la época. Estos fragmentos de película que, junto con la casa, han sobrevivido al paso del tiempo, los varapalos de la historia e incluso algún incendio, despiertan de su letargo cuando la luz de la naturaleza se oculta. De entre las sombras, surgen unas proyecciones indefinidas que se representan como en un museo de arte moderno, exhibiéndose sobre escaleras, paredes blancas o postigos.

La luz que se filtró por el cinematógrafo da vida eterna a unas imágenes que se desprenden de los muros de la historia. Fluctúan estas imágenes como representaciones inaccesibles, casi sobrenaturales. Timoratas pero vivas.

Esculpiendo la luz

En otro momento del filme, vuelven a conversar el guarda de la finca y el cura. El primero explica contrariado la constante presencia de una enorme luz blanca en los últimos días. Una luz que le persigue y siempre está ahí, donde quiera que mire.

Parece que la naturaleza nos ofrece una gran masa de luz para ser esculpida. El hombre es la espátula que moldea las formas y recorta la medida de la sombra. Ventanas que se abren, primero pasa el sonido, después, la luz comienza a describir el lugar. Paredes, tabiques, puertas y vidrieras se convierten en los protagonistas de la historia. La luz desfila pasajera por las imágenes fijas, desnudando los objetos a medias, desde un solo ángulo de cámara, manteniendo, con esta distancia, la intimidad de la casa familiar.

Paciencia, virtud del cineasta para esperar la luz, luego con deleite, dejarla asentarse y, finalmente, agradecido, sentirla partir. Ésta a su vez, atravesará los fotogramas con delicadeza, revelando con claridad aquello que le permiten y, compensando la espera del artista.

Significado de la luz en "Aita"

La luz siempre está ahí, nunca se esconde. Avanza, reposa y se difumina. Puede guiar a un personaje en el exterior, mientras el individuo se abre paso entre el abrupto follaje o poda una enredadera, también puede posarse en el interior, ofreciendo al espectador el conjunto que haga armoniosa la obra artística.

En la película "Aita", la luz es talentosa, otorga un ritmo natural que hipnotiza. Si un personaje, junto a un punto de luz, come una manzana o escancia un vaso de sidra, nos quedamos absortos contemplando esa acción. Una ventana separa al personaje del exterior, una pantalla nos separa de la historia. Solamente la luz puede traspasar esa barrera y transformar su significado. Ser la clave para situar la concepción visual del que mira.

Posibilidades del cinematógrafo

El cinematógrafo es la herramienta que convierte "Aita" en algo misterioso, sin precedentes. El poder del cine consigue que la luz hable y la presencia "bressoniana" de los sonidos se visualice. No existe otra meta en la película que investigar las posibilidades de la escritura cinematográfica.

El cine, en ocasiones, retorna a sus orígenes o a esos puntos indefinidos donde quedó estancado. Renuncia a las apariencias y la teatralidad a que le somete la celeridad de la industria por hacerlo rentable, y retoma sus herramientas elementales para seguir investigando las diferentes vías expresivas.

"Aita" nace de ese proceso experimental que trabaja con la caligrafía del cine. No se esconde en el alboroto del espectáculo, sino que camina al frente con la desnudez de un lenguaje ilimitado. Busca en la serenidad de sus imágenes una comunicación abierta y en el montaje de las mismas la transformación.

¿Es mucho pedir para realizar un filme, disponer de una vieja casa, una cámara, magnetófono y el tiempo necesario para dibujar con la luz y sus medidas?. No. Y es razonable pensar que, para algunos, sea la única esperanza de que el cine siga viviendo como arte.