Afirma Joseph Campbell en su libro Las Máscaras de Dios, que las religiones de la humanidad se podrían dividir en dos grandes tendencias de pensamiento.

Aquellas de orientación metafísica, como la hinduista o la budista, en las que el individuo no puede más que buscar conocer el mundo que lo rodea y reverenciarlo tal cual es. Ninguno de sus pequeños actos conseguiría alterar las leyes que, más allá de su comprensión, durante eones y eones han dado forma a un universo increíblemente complejo.

Y aquellas religiones de orientación ética, en las que los actos del individuo contribuyen a la composición o descomposición del mundo.

Es a este último grupo a donde pertenece la religión de Zoroastro que alcanzó su auge en Persia y tuvo una influencia determinante para las religiones judeocristianas.

Ahura Mazda u Ormuz

Para los creyentes del zoroastrismo existían dos deidades coetáneas e idénticas en poder.

Uno era el Señor de la Vida, llamado Ahura Mazda, cuyo profeta fue Zoroastro. Ahura Mazda era la entidad creadora y el principio del bien. Si hubiera existido solamente él la creación sería perfecta.

Pero en el otro extremo estaba Angra Mainyu, el Demonio de la Mentira, también dedicado a crear, pero a crear cosas malvadas.

El campo de batalla entre ambas omnipotencias era la Tierra, y la humanidad en su vida cotidiana era el ejército que libraba la guerra.

Angra Mainyu el dios persa del mal

Ahura Mazda le había dado forma a la Tierra, había hecho los cielos, el agua, había creado a los hombres.

Su enemigo Angra Mainyu, mientras tanto, azuzado por un demonio femenino llamado Jahi (menstruación), creó una raza de demonios. Se alzó contra el orden inmutable de los planetas y las constelaciones y les dio movimiento.

Sobre el agua dejo caer las sequías. Sobre la Tierra arrojó serpientes, escorpiones y lagartos. Distribuyó espinas a las planta y cortezas a los árboles.

Horadó la Tierra tan bondadosamente amasada por el Señor de la Vida y creó en ella un abismo en el que instaló el infierno a donde irían las almas de quienes en vida actuaran mal.

El Infierno gobernado por Angra Mainyu

En La visión de Arda Viraf , compuesto entre los años 226 y 641 d.C., a un hombre sabio le es concedido visitar los reinos celestiales de el Señor de la Vida y los reinos infernales del Demonio de la Mentira.

Igual que a Dante en la Divina Comedia, al elegido se le otorga una visita guiada que incluye todas la explicaciones pertinentes. Pero lo que encuentra en el infierno de Angra Mainyu más que terrorífico es repugnante:

Vi las voraces mandíbulas del infierno”, dice Arda Viraf, “el más terrorífico pozo descendiendo por una grieta…entre tal fetidez que aquellos que respiran aquel aire, se debatían, se tambaleaban y caían en un cautiverio tal que la existencia parecía imposible.”

Los castigos comienzan a surgir ante los ojos de Arda Viraf y a empeorar según la gravedad de los actos cometidos por el perpetrador.

EL Castigo en la religión de Zoroastro

Así al sodomita le corresponde una serpiente que le entra por el ano y le sale por la boca. A la mujer que había cometido la espantosa infracción de acercarse al fuego y al agua mientras estaba menstruando le tocaba beber copa tras copa de inmundicia.

Al asesino se le desollaba la cabeza. Al hombre que había sostenido relaciones sexuales con una mujer que estaba en su periodo le correspondía beber un chorro de sangre menstrual mientras era obligado a cocinar y comerse a su propio hijo.

La adúltera era colgada de los pechos y roída desde los pies. También eran devorados por demonios aquellos hombres y mujeres que habían andado sin zapatos o sin el vestido adecuado, y quienes se habían atrevido a orinar de pie.

La lista sigue: calumniadores, avaros, mujeres que se negaron a darle leche materna a sus hijos, más mujeres infieles, una mujer que dijo algo que ofendió a su señor es obligada a pegar la lengua a un horno ardiente, mujeres insinceras, etc.

Al final del abismo, de igual forma que en la Divina Comedia, aguardaba el mismísimo Demonio de la Mentira “que ridiculizaba y se burlaba continuamente de aquellos que estaban en el infierno, a quienes gritaba: ¿Por qué hicisteis siempre mis obras, y en vez de pensar en vuestro Creador, cumplisteis sólo mi voluntad?”

Resulta extraño el reproche considerando que a esos era precisamente a quienes debería su éxito sobre Ahura Mazda si es que acaso lo conseguía.

El asunto preocupaba profundamente a los seguidores de Zoroastro, aunque era de todos sabido que al final de los tiempos el Señor de la Vida ganaría la batalla. Ahura Mazda, a diferencia del demonio Angra Mainyu, tenía la facultad de ver los eventos futuros, pero no por eso se dormía en sus laureles.