
- Homenaje a mi querido perro Trancos - Carmen Noel
Subiendo por el rellano de la escalera, hace un tiempo que se dejó de oír su respiración familiar y el resoplar insistente detrás de la puerta. Una vez dentro, en la casa, ya no se asoma aquel hociquito expectante y travieso que daba la bienvenida, ya no aparece ni ladra la inolvidable presencia que convertía al hogar en el verdadero retorno soñado con ángel guardián.
Enfermedad y muerte de una mascota
Con lágrimas en los ojos y una lluvia lenta y prolongada en el corazón, cada habitante de la casa lleva la pérdida a su manera y echa de menos los lametones, las miradas y las pisadas del perro que por enfermedad o por tiempo, se tuvo que despedir.
Es una tragedia suave que se convierte en gigante cuando de pronto se sabe que uno de los mejores amigos que se puedan tener en la vida, no está. Es un proceso de duelo que, igual que cuando acontece con el más querido de los humanos, introduce a los que se quedan en una interminable espiral de recuerdos que esperan detrás de rincones y sombras, entre zapatillas y entre cojines abandonados por el salón, entre horas que tuvieran otros significados y ahora aguardan, abandonadas, a ser rellenadas con nuevas costumbres que suplan aquellos dulces recuerdos y aquellos ojos amigos que se filtran, insistentes, desde el amado reino perdido.
El inevitable duelo
Y es que haber tenido una mascota, haber compartido con ella momentos inolvidables, haber intercambiado universos de instintos y de miradas, y haber tenido que abandonarlos por fuerza, es arrastrar un altísimo precio que lleva a vivir un duelo tan importante como los demás.
Cuando estas horas de sombra llegan, nada se puede hacer sino vivirlas. Volver a rastrear entre las fotos otra vez. Despertar y gritar un nombre al que nadie acude. Reencontrar los lugares donde se paseó con él y saber que una presencia remota aguarda por siempre detrás de un árbol, bajo una ventana o tras un portal. Revivir lo que aquel día fue realidad y saber que será ya para siempre, como un virginal y particular tesoro que nadie podrá arrebatar.
Lo demás es inútil y es ignorancia. El duelo por una mascota ha de ser igual que aquel que espera tras cada pérdida. Ya sea ésta persona, animal o cosa, y el ser humano se engrandece con esas lágrimas. Después el recuerdo se vuelve una dulce caricia del tiempo y el corazón y el hogar se preparan para otros nuevos reinos que los despiertan.
El adiós para los niños
Cuando hay niños por medio, esta realidad ha de ser suavizada para no agigantar la tristeza, pero tampoco ocultarla. No es malo que un niño sepa de labios de sus padres el trajín conque el universo juega, trayendo y llevando a sus habitantes a reinos cercanos y lejanos y a aquellos de los que no se despierta jamás.
Es bueno que lloren por ellos y dedicarles hermosos ritos de despedida y de amor. Con el tiempo, también es bueno enseñarles a aceptar que hay cosas que no pueden ser y despertar otras distintas que les aviven el corazón y enriquezcan su infancia, ya sea con nuevas mascotas o con otras alegrías que pueblen su fantasía o su realidad.
La llegada de una nueva mascota
Al principio, la llegada de una nueva mascota no es aconsejable. No es bueno pensar que un cachorro va a suplir al anciano o al enfermo que se fue. No se debe dar ni quitar importancia a cada animal. Como un dulce homenaje, se necesita un tiempo de despedida y de recuerdos y después, quizás, quien ha tenido un perrito o un gato en casa, se anime a repetir la experiencia, siempre trabajosa y con algún sustillo, pero siempre enriquecedora y gratificante.
El último adiós
Desde el momento en que, a su manera, empiezan a irse, la comunicación con nuestro animal crece hacia otra dimensión, profunda y entrañable, pero solemne, la despedida. Ellos saben que se van. Las cosas que pertenecieron a él se convierten en cosas propias que toman otro lugar en el mundo particular y en el universo.
Una mascota es una incansable caricia directa hacia la verdad. El compañero que siempre está. Cuando se posee un amigo así, lo mejor es dejarse llevar. Abandonarse con él. Cada achuchón y cada palabra son entrañablemente acogidos por ellos. Como respuesta, se transforman en maestros de formas distintas de la realidad. Es cuando enseñan a oler, a esperar, y a mirar; a intensificar el momento, a estirarse y a despertar.
Con ellos y después de ellos, el universo ya no huele igual. La amistad no se comprende igual. La vida no late igual. Después de haberlos observado, ya no vuelve a amanecer igual. La búsqueda continua conque ellos se asoman al mundo nos mira siempre y nos llama, con nombre amado, desde el recuerdo.
