Hay delitos cuya constatación, según sean las pruebas presentadas, no genera dudas. Con el abuso sexual infantil eso no sucede; las presuntas pruebas siempre pueden deberse a otras causas. No se trata de poner en tela de juicio la presunción de inocencia, pero ante un caso de abuso sexual, y más si es intrafamiliar, parece que los esfuerzos se dirijan más a demostrar que tal abuso no se ha producido que a lo contrario.

A pesar de existir protocolos adecuados que indican con precisión las circunstancias, los comportamientos e incluso las lesiones características de un abuso, y a pesar de existir leyes que condenan dichos abusos, a la hora de la verdad el resultado es casi siempre el mismo: el abuso no logra probarse.

Por otra parte cabría esperar que aquellos profesionales dependientes de los organismos jurídicos, cuyos informes son determinantes en las denuncias interpuestas por madres, servicios sociales o médicos que atienden al menor, además de investigar si la madre es alienadora, tuvieran como objetivo primordial velar por el bienestar del menor. Y para que eso fuera así, también cabría esperar que tuvieran una preparación y un conocimiento acorde con la complejidad del problema. Esta circunstancia tampoco es la más habitual.

Detectar el abuso sexual frente a la negligencia de los presuntos profesionales

Existe una especie de síndrome al que todos se aferran, y que podría sintetizarse en esta frase: "el niño está feliz". Este síndrome puede desglosarse en dos ideas erróneas fundamentales:

  • El niño que ha sufrido abusos sexuales es necesariamente infeliz y presenta secuelas físicas y/o psicológicas evidentes.
  • El niño abusado no quiere a su padre, suponiendo que este sea el abusador, como sucede en muchos casos.
Para los organismos encargados de detectar los presuntos abusos, el hecho de que el niño no parezca especialmente infeliz o no sienta animadversión hacia su abusador, suele cerrar las puertas a la posibilidad de una investigación más exhaustiva.

El menor, en ausencia de la madre y a solas con un extraño, es sometido a una corta entrevista con preguntas y dibujos que, en la mayoría de los casos, no suelen determinar la existencia del abuso. Paralelamente, la parte demandante puede efectuar por su cuenta pericias del menor e informes efectuados por otros profesionales cualificados, donde se recogen evidencias del abuso. Desgraciadamente estas pruebas tienen poco peso probatorio en un juicio, y tampoco son tenidas en consideración por los organismos citados anteriormente.

Las estadísticas y la realidad del abuso sexual

Una de las características más comunes del abuso sexual es el secreto que mantiene el afectado. Es una realidad constatable que la víctima pocas veces delata a su agresor, y menos si se trata del padre, y mucho menos aún si ha de hacerlo ante desconocidos.

Cabría preguntarse la razón por la que tan pocos casos de abuso sexual salen a la luz. En este sentido basta comparar el 20% de la población que ha sufrido algún tipo de abuso sexual antes de los 17 años con los agresores que hay en la cárcel, para entender que los números están absolutamente alejados de la realidad.

Entre las secuelas más comunes del abuso sexual está el miedo, la vergüenza, la culpa, el hecho de no ser creído, pero sobre todo, un malentendido, aunque lógico, sentido de lealtad hacia el agresor que se da en un alto porcentaje de niños abusados. Difícilmente se puede esperar una confesión si no es con especialistas, con tiempo y con todos los medios necesarios para romper estas barreras.

Denunciar el abuso sexual infantil y síndrome de alienación parental

El niño no habla. El niño parece feliz. El niño quiere a su padre. Estas es una realidad bastante común, y rebelarse ante ella significa correr el riesgo de ser tachado de neurótico, de histérico o, peor aún; ser acusado de no tener otro propósito que dañar al presunto abusador. A día de hoy no cuesta mucho traspasar esa difusa línea de la falsa denuncia, asociada al síndrome de alienación parental. Entonces se pasa de tener un gran problema a tener dos. Ahora bien, si no se hace nada la situación no es mucho mejor. El menor seguirá siendo objeto de abusos. Víctima y denunciante terminan en callejón sin salida.

El niño parece feliz... hasta que deje de serlo. Entonces, quizá dentro de unos cuantos años, iniciará el difícil camino de la superación y se enfrentará con la realidad. Será cuando caiga la máscara. Y ese padre (o quien sea el abusador) protegido por el oscuro secreto se convertirá en un ídolo de barro, será despreciado e incluso denunciado. Sí, eso puede que ocurra mucho tiempo después. O puede que no.